miércoles, 8 de septiembre de 2010

EL APORTE DE LA MUJER EN EL DESARROLLO DE LA REPUBLICA.



Sebastián Jans


El presente texto corresponde al homenaje a la mujer, realizado por la Gran Logia de Chile, el 04 de septiembre de 2010

Por estos días, nuestra geografía comienza a llenarse de enseñas tricolores. Los brotes de los árboles empiezan a emerger con celeridad, prometiendo su verdor fructífero. El frío invernal inicia su retirada, y las ciudades y campos parecen adquirir un nuevo dinamismo. Las intensidades de las flores irrumpen por doquier. Y las sonrisas y los planes familiares parece que tomaran una intensidad estimulante. Es simplemente septiembre. Es el septiembre de todos los años, de todas nuestras comunes constancias, con sus aires de primavera, con su cíclico renovar de la Patria.
La particularidad de este año, de este septiembre que esperamos venturoso, es que Chronos nos dice que nuestra Nación, nuestra Patria Chilena, pero por sobre todo nuestra República cumple 200 años de existencia. Nación, Patria, República, nociones que cobijan, que albergan, que contienen, como una matriz, como una copa capaz de contener todo lo que podemos ser y todo lo que queremos hacer.
Son conceptos que en nuestra lengua nos dicen que ellos pueden análogos con el vocablo Madre, capaz de expresar las ideas de concebir, de gestar, de parir, de cobijar, de proteger, de criar, de cuidar; son vocablos que se relacionan con desvelos, inclusión, dedicación, consagración, abnegación.
Y si los conceptos de Nación, Patria, República, nos acercan a la idea materna, si nos consideramos sus hijos, le debemos el tributo, la veneración, el reconocimiento, la exaltación de sus virtudes.
Y en esta larga y angosta multiplicidad geográfica y social - una compleja condición que se expresa en el gentilicio, que nos entregara como legado nuestro Querido Hermano Bernardo O´Higgins, el hijo de Isabel -, este año los aires de septiembre nos traen la conmemoración bicentenaria, que tiene todas las condiciones propias de la contradictoria historia que siempre le ha caracterizado.
Son momentos que estimulan a la alegría de ser parte de una comunidad nacional, que nos congrega con todas nuestras diferencias, con nuestros consensos, que nos llama a congregarnos en la común identidad que nos da un ordenamiento institucional y social, una territorialidad y una historia común. Pero son momentos que nos compelen al recato y a la meditación, frente a las tragedias que han marcado el tiempo cronológico que se suponía iba estar determinado por la festividad y la legítima algarabía.
El año 2010 ha sido efectivamente un año en que los traumas que devienen de la naturaleza de nuestra geografía nos han marcado y han calado profundamente en el alma nacional, y cuando digo alma nacional, no me refiero a algo etéreo, sino a las cuestiones que son fundantes de nuestra condición de chilenos.
Y como ha sido la historia de nuestra sociedad, de nuestra Nación, de esta Patria a la cual queremos y respetamos, el tiempo de la conmemoración se expresa en la alegría y en la tristeza, en la agonía y el éxtasis, en la bulla y en el silencio, en la algarabía y en la tragedia.
Es que parte importante de nuestro país, lucha por levantarse de las telúricas expresiones de nuestro suelo, que destruyeron sueños, patrimonios, vidas, esperanzas, esfuerzos de años, recuerdos, resultados, heredades, convivencias, proyectos.
Y cuando poco a poco el futuro se estaba rehaciendo, en una parte significativa de nuestra conciencia nacional, sentimos el duro golpe que viene de la minería, la actividad más importante de nuestra economía, desde nuestros albores históricos, y golpea sin misericordia a quienes hacen con su sacrificio cotidiano el aporte más sacrificado a las certezas de nuestros planes y proyectos como país.
Nuestro himno nacional, que emerge desde la profundidad de la tierra, maravilla al mundo y nos maravilla a todos los chilenos, porque comprobamos que nuestra identidad nacional es aquella vigorosa enseña, capaz de convocarnos ineludiblemente en el hecho social de cada día.
Por eso estamos unidos en torno al propósito irrenunciable de rescatar a aquellos 33 héroes postmodernos del siglo XXI, porque nadie como ellos son la expresión más palpable de nuestra identidad nacional, expresada en torno al sacrificio, al esfuerzo, a la tenacidad, al espíritu de lucha, a la adhesión a nuestra identidad, a la disciplina, a la persistencia en lo fundante de nuestro hacer colectivo.
En mérito a esas constantes, venimos hoy, a este Templo de Obreros de Paz, a iniciar nuestra conmemoración republicana, a expresar nuestra renovación de votos por la Patria, y a personalizar esa certeza nacional, en el homenaje que año a año hace la Gran Logia de Chile a la mujer. Y no es extraño que ello ocurra siempre en septiembre, porque es el tiempo del renacer de la concepción matríztica que impone la naturaleza de manera simbólica y de manera práctica.
Y si de vocablos se trata, no es extraño que siempre el fecundo género femenino nos aporte esa misma idea que expresáramos previamente: así como la Patria, la Nación y la República nos hablan léxicamente de un sesgo femenino, también ocurre con la geografía, la naturaleza, la sociedad, la primavera, la vida. En fin, todo lo que nos contiene y que termina por identificarnos.
Es que la realidad no es posible de concretarla sin el acento y la condición intrínseca de la mujer. Y en esa perspectiva queremos hablar de la presencia de la mujer en el desarrollo de la República. Esa República que es a su vez Patria y Nación, que es la formulación que nos diera aquel hijo natural, que una madre chilena amamantó en la soledad de los prejuicios sociales, y en medio de una carga cultural sostenida en formalidades que hacían de la mujer objeto de deberes y obligaciones, basados en la postergación y en la más absoluta dependencia.
Contra los perjuicios y los pesos de una sociedad basada en determinismos que anulaban toda condición de igualdad, Isabel Riquelme concibió y gestó al pequeño que luego como un gigante, fue capaz de darnos una identidad, una Nación y una República.
Desde los ámbitos de la historia y sus convenciones que construyen el relato nacional, producto de esas latencias, muchas veces su nombre se apaga en los vericuetos del extravío premeditado. Ella, que, con la ayuda de las hermanas Olate, pudo dar a luz, lejos de los murmullos y las calificaciones, para soportar cuatro años después, el arrebato de su hijo por decisión paterna. Ella, sin saberlo, fue la matriz que concibió al hombre que nos dio la certidumbre nacional.
Junto a ella, afloran en el panteón nacional, las figuras legendarias de Paula Jaraquemada y Javiera Carrera, para construir un relato de la presencia femenina en aquellos años fundantes de nuestra historia independiente. A esos nombres debe sumarse la leyenda tantas veces ignorada de la bella María del Rosario Melchora Puga, la hermosa mujer que compartió con el Padre de la Patria los momentos de incertidumbre cuando la República estaba aún demasiado expuesta a peligros como para prevalecer por la simple inercia.
Es así como empieza a gestarse la historia del aporte de la mujer al desarrollo de la República. En los espacios ocultos y privados de un ámbito relacional subrepticio. En los entrampados vericuetos de las convenciones sociales y culturales que devenían del orden colonial, luchando contra los prejuicios, contra los determinismos, contra las convenciones, contra la exclusión, contra el absolutismo moral.
No en vano, el padre del laicismo chileno, Francisco Bilbao, denunciaría ese estado de cosas, cuando ya la República se había consolidado y avanzado ya varias décadas de su historia. En su “Sociabilidad Chilena” denuncia el peso de las herencias de la colonia, y señala la condición de esclavitud de la mujer frente al marido, y afirma que la desigualdad matrimonial es uno de los puntos más atrasados en la elaboración que habían sufrido las costumbres y las leyes.
Nada hizo más daño al desarrollo de nuestra República, sin duda, que el peso de la herencia colonial, con todos sus contenidos axiológicos, morales y patrones conductuales. Así y todo, bajo esa montaña de convenciones y recurrencias insalvables, la mujer fue capaz de hacer cambiar nuestra historia.
Es que el aporte de la mujer al desarrollo de la República se ha hecho, aunque parezca contradictorio, en el sacrificio de soportar las estructuras establecidas y en el constante bregar por ser mujer y ser reconocida en tanto tal. Contra las costumbres, contra las convenciones, contra las postergaciones, contra los prejuicios, contra las injusticias, contra las desigualdades, contra las exclusiones. Es decir, en el sentido exacto de la necesidad de hacer República, de hacer un espacio para todos, de hacer de la inclusión el sustantivo, el verbo y el adjetivo de la forma como debemos hacer país y hacer sociedad.
Imposible es hacer un detallado recuento de lo que han hecho las mujeres en nuestra Patria, para hacernos más republica, para civilizarnos – es decir, para hacernos más civiles, léase más partes de un espacio común - , para hacernos más personas, más humanos, más hombres no en el sentido del sesgo cultural, sino en el sentido de su condición sublime que le aleja de su origen primordial, de su cáscara remota.
Pero, no podemos dejar de mencionar la audacia de Martina Barros de Orrego, que en medio de las latencias denunciadas por Bilbao, publica en 1869, la traducción de la obra de Stuart Mill “La Esclavitud de la Mujer”. Sobrina del liberal intelectual Diego Barros Arana, fue capaz de irrumpir con su ímpetu mesocrático para proponer la igualdad de la mujer frente a los derechos de los hombres, estableciendo uno de los hitos de las luchas emancipatorias de género en Chile.
Tampoco podemos dejar de recordar que, en 1877, Isabel Le Brun lograría conquistar el derecho de acceder a estudios universitarios, luego de un ardua pugna contra un sistema que no concebía el interés de una mujer, destinada a manejar la casa y cumplir roles solo en la familia, por acceder a una formación profesional. Recordemos que eran los tiempos en que aún no tenían derecho a decidir sobre sus bienes, y cuando aún las jerarquías religiosas no consideraban a la mujer con derechos propios, negándoles incluso la calidad para poseer la comprensión teológica del alma.
A sus nombres deben sumarse a la obrera Micaela Cáceres, quien encabezó el esfuerzo - en 1887 - por demostrar que las mujeres trabajadoras también tenían derechos laborales, cuando los obreros recién comenzaban a inscribir sus demandas en los ámbitos de la relacionalidad del mundo laboral. Luego de Micaela, aparecen los nombres de las obreras Clotilde Abaceta y Eloísa Zurita, esta última protagonista chilena del Congreso Mundial de Librepensadoras, que planteará el derecho al divorcio y a la igualdad legal de todos los hijos, independientemente de la condición en que se produjera su gestación y nacimiento.
Como ellas, muchas mujeres librepensadoras de extracción humilde, promovieron la emancipación de la mujer, su educación y su dignificación, en medio de las organizaciones obreras.
Otras, de ámbitos sociales medios, publicarán a partir de 1905, el periódico “La Alborada”, que bajo la dirección de Carmela Jeria, se transformará en el primer medio impreso de carácter feminista en Chile.
Poco después, en 1912, se realiza en Chile el Primer Convento Masónico, que recoge las demandas que venían dando los miembros de la Orden, para promover los derechos de la mujer. El diario católico “La Unión”, el 02 de octubre de 1912, recoge las proposiciones del Consejo del Gran Maestro, en cuanto a incorporar en las resoluciones de ese Convento, “la necesidad de ejercer influencia de cultura y progreso en la sociedad profana:
Por medio de la enseñanza pública y privada,
Por medio de la prensa profana y masónica
En la beneficencia pública
En el mejoramiento de la conducción económica
En la emancipación de la mujer
”.
Ese impulso promovido bajo la inspiración de una visión librepensadora e ilustrada, será determinante para la aparición de la figura de Amanda Pinto Sepúlveda – nuestra Amanda -, que entrará en la historia de Chile con el nombre de Amanda Labarca. Sus aportes a los derechos de la mujer, a partir de 1919, cuando funda junto a Celinda Reyes, el Consejo Nacional de Mujeres, señalan el comienzo de un esfuerzo fructífero en la instauración de los derechos de femeninos en la legislación chilena.
Coherente con la consistencia de la influencia en las luchas femeninas de los años 1920 y 1930, la Masonería Chilena, al celebrar su Segundo Convento Nacional, realizado en los años 40, expresa en sus conclusiones. “La Francmasonería aspira a la emancipación material y espiritual de la mujer, a fin de que alcance su completa igualdad con el hombre”. No deja de considerar el derecho a la iniciación de la mujer y manifiesta: “El Convento recomienda a la Gran Logia el estudio de la fundación de la Masonería Femenina, bajo el Ritual y las normas que las obligaciones internacionales de la Orden lo permitan”.
Coherente con esos acuerdos, un grupo de masones estimularon la formación de la primera logia femenina, acogiendo la demanda de un grupo de mujeres del centro femenino de la Logia “Aurora de Italia”. Ello requirió la iniciación de algunas Hermanas en la Masonería Mixta, las que serán decisivas para formar la primera logia femenina chilena, “Araucaria” N° 3, en enero de 1970, dando origen a la precursora Gran Logia Metropolitana, antecedente de la Gran Logia Femenina de Chile, que consagraría el derecho a la Iniciación de la mujer chilena, y que hoy adornan con Sabiduría, Fuerza y Belleza, los espacios de la búsqueda de la verdad a lo largo de nuestra geografía nacional.
Hoy proclamamos los nombres de Eliana Corbalán, Chita Cruz, Lucy Cáceres, Lucía Bascuñán, Teny Rojas, Carmen de Cohens, Nolfa Medina, y tantas otras, en el recuerdo de su obra perenne, y en el mandato que otorga la decencia y el coraje, y en la valoración del hecho trascendente, que supera los atavismos y el temor a las fórmulas de una mal entendida tradición.
Las resoluciones del Tercer Convento Nacional de la Gran Logia de Chile, realizado en 1986, promueve nuevamente la ampliación de los derechos de la mujer en el ámbito de nuestra sociedad. En 2001, la Gran Logia de Chile, al establecer las conclusiones de su Cuarto Convento Nacional, favorece el estudio de las problemáticas que afectan a la mujer: aborto, divorcio, discriminación laboral, herencia, tutela de los hijos, etc. y reconoce el derecho de las mujeres para organizarse masónicamente y funcionar en instituciones autónomas.
Dijimos que el gran aporte de la mujer a la República y a estos 200 años de historia nacional, se ha hecho a partir de las luchas por sus derechos. Sin esos derechos, no seríamos más que un leño social, y no una madera constructivista en el hacer país.
Pese a ello, aún hay mujeres que laboralmente son discriminadas por su condición de tal, aún hay mujeres discriminadas por su imagen personal o sus características físicas, aún hay mujeres que no pueden competir en condiciones de igualdad en los planos laborales o profesionales, aún hay mujeres condenadas en las cárceles por tomar decisiones respecto a sus derechos reproductivos, aún hay mujeres que no son protegidas en sus derechos y su dignidad personal.
Por eso, creemos importantes asumir un compromiso activo con sus demandas, y recoger los acuerdos de la Cuarta Conferencia Mundial de Beijing, realizada en 1995, como una hoja de ruta para abordar las problemáticas y los derechos de la mujer. En ese contexto, y un ámbito específico de demandas, creo que es muy importante acoger los planteamientos desarrollados el 28 de Mayo recién pasado, al celebrarse en Chile el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, de sus Derechos Sexuales, de sus Derechos Reproductivos y de sus Derechos de Ciudadanía.
Las demandas mínimas que se plantearon para esa jornada parecen de una tremenda racionalidad, como derechos generales, que cada cual, según sus convicciones y opciones de conciencia, tendrán la opción de hacer efectivas:
• La salud integral como derecho universal y garantizada por el Estado, sin discriminación de ningún tipo.
• La disponibilidad en los servicios de salud públicos y privados de métodos que impidan la concepción, para todas las mujeres en edad fértil, incluyendo la anticoncepción de emergencia.
• Responsabilidades compartidas de hombres y mujeres en materias de sexualidad, reproducción, cuidado de hijas e hijos, tareas domésticas y cuidado de la salud familiar.
• El derecho a ejercer la sexualidad independiente de la reproducción.
• La despenalización del aborto y atención humanizada del aborto incompleto en los Servicios de Salud Pública.
• La aprobación del Proyecto de Ley Marco de Derechos Sexuales y Reproductivos.
• La educación sexual integral, laica y científica, impartida en todos los niveles educativos.
• La atención garantizada y de calidad para problemáticas prioritarias de las mujeres, como el impacto de la violencia sexista, la prevención y tratamiento de las enfermedades de transmisión sexual, y la prevención del embarazo en adolescentes.

Gran Maestro
Distinguidas visitas
Queridos Hermanos

Durante mucho tiempo, en los ámbitos de la cultura masculina, se ha considerado a la mujer como un complemento del hombre, siguiendo la lógica bíblica de una mujer sacada de la costilla del Adán primigenio, y creada por Dios funcionalmente a las necesidades instrumentales del hombre, visión que el Cristo de Nazareth supera en un hecho sublime por sobre los géneros, y que en el episodio de Canaan establece su fundamento.
Para quienes sostenemos una visión laica de la vida y la sociedad, la mujer es la otra expresión de una misma condición intrínseca: la especie humana, realidad que viene a ser representada en este Templo de Obreros de Paz, simbólicamente, con el Sol y la Luna, que presiden y preceden nuestra ceremonia de hoy.
No hay una naturaleza humana si esta no se expresa en la esencia binaria del hombre y la mujer, no hay continuidad de esta especie que recibió el hálito divino sin la acción de lo femenino y lo masculino, no hay un hecho reproductivo si este no se manifiesta en la acción activa de quien germina y quien es germinada.
¿Cuál puede ser la razón para que un género tenga preeminencia sobre el otro? ¿Acaso las condiciones de la sociedad de cazadores de nuestro pasado remoto, tiene un fundamento cultural y conductual, para recrear los paradigmas de un sexo más poderoso que otro?
No existe justificación alguna en la sociedad contemporánea, en nuestra patria bicentenaria, para que se siga sometiendo a la mujer, a condiciones de menoscabo, subordinación, marginación, exclusión, o cualquier tipo de segregación a propósito de su género.
De modo tal, que al celebrar el segundo centenario de nuestra República, debemos construir la definitiva coronación del anhelo de que esta sea plena, en la garantización de los derechos y la participación de las mujeres en el proceso cotidiano del hacer ciudadanía, y en hacer realmente una Patria que nos distinga por igual, por sobre las distinciones arcaicas del género. No en vano, harto han hecho las mujeres de Chile por civilizarnos como sociedad, y tanto han aportado, con sus reivindicaciones y luchas, al desarrollo de nuestra República.

Que así sea, estimadas damas y caballeros.

Muchas Gracias